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jueves, 3 de noviembre de 2011

Nunca aprenderé

Desde aquí escucho la lluvia
lluvia que no puedo ver a través de estos muros
muros que yo mismo levanto, con esmero y sin diseño
vierto veneno en sus cimientos
y en el techo pinto un cielo estrellado
cielo plano y moribundo
que poco a poco cae sobre mis hombros
que poco a poco se pierde en humo negro
humo que emana de mis brazos y cabellos
a los que yo mismo prendí fuego
con dos piedras que me golpearon la sien
después de que las arrojé al cielo empedernido
y las recogí del suelo con mis manos sucias
yo, bañado en sangre
yo, bautizado en lágrimas
con pintura negra en las yemas de los dedos
y pinceles secos apilados por color
el negro antes que el negro
y la paleta inundada de penas.

Con mis pasos ansiosos dibujo círculos erráticos
alrededor de canarios enjaulados
cuyos cantos de amor perdieron el sentido
y se han de ver grises a la luz.

Es el rugir de la tormenta el que toca a mi puerta
son sus manos las que giran la perilla
con la pena le tengo que negar el paso
pero se aferra a derribarme las paredes.

Desde aquí escucho la lluvia
lluvia que no puedo ver a través de estos muros
muros que yo mismo levanto
muros que yo mismo lamento.




"Después de otro momento de silencio, musitó que yo era raro, que sin duda ella me quería por eso, pero que tal vez un día yo le repugnaría por las mismas razones"- Albert Camus (en El Extranjero)

Sostiene Pérez Lira

Otro blog mío:

http://sostieneperezlira.wordpress.com/

domingo, 18 de septiembre de 2011

Taxista trabajando

(Mucha "poesía" he escrito, pero se me quitaron las ganas de subirla aquí. Ya había abandonado el blog, pero estaría padre que me criticaran este texto que había tenido guardado unos meses.)

"...hay gentes que no sienten reparo en beber de un pozo en cuyas aguas ya se ha escupido." -Lenin


Las calles tranquilas de una ciudad pequeña son el escenario de esta historia. Son ya altas horas de la noche, la lluvia se resistió a detenerse por completo, la brisa continúa humedeciendo el ambiente y el agua todavía reside en las calles, produciendo esos típicos sonidos y olores que permanecen un par de horas después de que dejó de llover. Hay dos personajes principales. El primero es un taxista, el cual durante toda la historia no hace más que desempeñar su trabajo de la manera más atenta y agradable que le sea posible, manejando por la ciudad y recogiendo clientes que necesiten de su servicio. El agua sucia que se quedó en las calles suena con las llantas de su auto salpicando en los pequeños charcos que se quedaron después de la lluvia. El segundo personaje principal, el protagonista, es un intrigante pasajero que será introducido más adelante.

El taxista llevaba ya cuatro horas de manejo continuo, encontrando apenas unos pocos pasajeros a quienes servirles. Transportó a un muchacho bastante joven y bien parecido, que partía de casa de su amante hacia su propio hogar. Ella lo despedía desde la puerta, con los pies descalzos y el cabello desarreglado, echando suspiros de satisfacción. Después de un rato llevó a dos jóvenes bebidos a sus casas. Habían estado de parranda en un bar y un amigo suyo les pidió un taxi. Uno de ellos requirió ayuda para subir y bajar del auto. El mismo se venía confesando con su compañero todo el camino, que había estado enamorado de él y que lo perdonara por no haberlo dicho antes. El taxista no les cobró extra por los inconvenientes, ya varios llantos y borrachos le habían tocado antes. Pasó mucho tiempo antes de que volviera a encontrar a quien transportar. Le había tocado un mal turno, era ya muy tarde y principio de semana, la gente está ya en sus casas a esas horas y no tienen que ir a ningún lugar, pocos requieren de un taxi.

Manejando por una pequeña calle poco transitada vio la figura de un hombre levantando el brazo bajo un débil farol. Se detuvo a su lado y bajó a ayudarle con una bolsa de viaje grande que cargaba, pero este no lo dejó, dijo que preferiría no guardarla en el maletero, sino en el asiento de atrás y que él iría adelante. Es aquí en donde introducimos al segundo personaje principal, el protagonista, el intrigante pasajero. Era delgado, de mediana estatura, traía el pelo corto y estaba muy bien rasurado. Llevaba un abrigo largo, negro, y un sombrero que hacía juego, con un listón oscuro como de luto alrededor de éste.

-Buenas noches, señor ¿a dónde?

-Necesito que me lleve unos momentos a una farmacia que se encuentra entre la Revueltas y la Pacheco, si es tan amable.

-¿La que queda al lado de los departamentos Esperanza?

-Esa misma. Luego necesitaría volver a este mismo lugar, entonces tendría que esperarme unos minutos ahí fuera de la farmacia. ¿Cómo cuánto sería eso?

- Serían unos ciento treinta pesos, y claro que sí señor, ahí lo espero yo.

-Vamos entonces.

El pasajero se quitó unos ajustados guantes de piel negros y se los guardó en los bolsillos del abrigo. Se quitó también el sombrero y lo puso en su regazo. Comenzó a rascarse la oreja derecha y a tocarse la nariz. El destino no estaba muy cerca, y como el nuevo pasajero se veía amigable, pero un poco serio, el conductor decidió comenzar él la conversación.

-¿Cómo la ve con lo de ahorita?

-¿Cómo?

-Pues las balaceras, las cuotas y lo de los levantones. Ahorita hay como dos cuadras de la Carranza cerradas porque se echaron a unos ahí enfrente de toda la gente. Creo que hasta una señora salió lastimada.

-Está tremendo, ya no se puede estar así. No me había pasado nada a mí pero hace como un mes se metieron a robar a mi casa.

-Válgame, ¿qué se llevaron?

-Los juegos de los niños, joyas y unas medicinas de mi esposa.

-Está canijo. A mí no me tocaron las extorciones, pero a unos compañeros sí. Les dejaron su bolsita de perico para que la vendieran a los pasajeros. Mataron a dos camaradas. Ni les importa que uno tenga hijos ni nada, nomás se lo truenan a uno y ya.

-Lo siento mucho. De por si es peligroso el trabajo de taxista en esta ciudad.

-Pues sí, igual se acostumbra uno.

-Habrá que acostumbrarnos a estas cosas.

-Habrá que.

Hubo un silencio de unos minutos. Tuvieron que rodear un poco a causa del tramo cerrado de la Av. Carranza. Dos peatones levantaron la mano para solicitar los servicios del taxi y se desilusionaron al ver que éste ya iba ocupado y no se detendría. Estaban aún empapados de la lluvia que acababa de pasar. Tuve suerte, pensó el pasajero, no pasan muchos taxis a estas horas en esta ciudad. Qué suerte la mía, pensó el taxista, uno que nunca encuentra pasajeros y ahorita no me doy abasto. Fue en un semáforo en rojo que se retomó la conversación. Esta vez el pasajero comenzó.

-¿Qué es lo que le gusta hacer?- dijo el pasajero mientras se volvía a poner sus guantes.

-¿A mí? Pues… disfruto mi trabajo, manejar. Pero disfruto aún más estar con mi familia en la casa. Tengo dos niñas.

-Mire, a mí también me gustaba mucho estar con mi familia. Ahora se está volviendo insoportable. Perdí mi trabajo hace unas semanas y me está costando mucho lidiar con ello. He pasado mucho tiempo en la casa y cada vez me piden más dinero. ¿Qué puedo hacer? No puedo con todo. Uno se desespera. ¿No le pasa?

-¿Qué?

-La desesperación.

-Pues sí. A veces no encuentro pasajero a estas horas.

-¡Mire! ¡Y aquí estoy yo! ¡Me encontró usted a mí en la desesperación y yo lo vine a salvar de la suya! Hasta la persona más cuerda y con la moral más apretada puede alebrestarse y perder los estribos con la suficiente desesperación. ¡Bendita la hora en la que nos encontramos y nos redimimos de tal pena, aunque sea por unos momentos!

Llegaron a la farmacia y el taxista se estacionó frente a ella. El pasajero le volteó a ver la cara al taxista, se acomodó una expresión seria y se puso el sombrero que traía al subir al auto.

-¿Fuma?- le preguntó el pasajero al taxista, mientras le acercaba una cajetilla de cigarros.

-Uno me vendría bien, gracias- contestó el taxista mientras sacaba uno cigarro de la cajetilla.

El pasajero le encendió el cigarro al taxista y se volvió a guardar la cajetilla y los cerillos en la bolsa del saco. Él no fumó. Necesito que no cierre la puerta derecha de atrás –le dijo el pasajero al taxista–, volveré rápido. No apague el motor.

El pasajero bajó del vehículo, abrió la puerta de atrás y sacó su gran bolsa negra. Caminó hacia la farmacia mientras abría la bolsa y sacaba de ella una gran arma. Entró al establecimiento empuñando una escopeta y apuntando hacia los empleados. El taxista vio a través del cristal de la farmacia como su pasajero ponía la gran bolsa negra sobre el mostrador y pedía que se le vaciara ahí todo lo que tuvieran en la caja. Asustado, el conductor bajó del taxi, sin apagar el motor, para poder ver bien lo que estaba pasando. Un asustado empleado terminó de guardar el dinero, que en realidad era poco, en la bolsa negra y levantó las manos. El taxista no alcanzaba a escuchar más que gritos ininteligibles, pero parecía que su pasajero le daba órdenes a otro joven detrás del mostrador. Éste fue hacia un estante de medicinas bajo prescripción, tomó varias cajas de sólo dos medicinas y las puso también en la bolsa negra para luego cerrarla mientras el ladrón le apuntaba con su escopeta. El pasajero tomó la bolsa negra y corrió hacia el auto. Le gritó ¡Anda, sube! al conductor, lanzó la bolsa negra y el arma por la puerta de atrás, la cerró, y rápidamente ya estaban ambos dentro del auto. El taxista arrancó sin perder la expresión atónita y la confusión que le inundaron hacía apenas unos segundos.

-A donde me recogió, por favor- le dijo el pasajero al taxista.

-Lo siento, señor, no recuerdo dónde fue eso- dijo el taxista, que tenía la cara pálida.

-De vuelta aquí a la derecha y siga por la Av. Cárdenas hasta llegar a la gasolinera de la calle 29, ahí recordará dónde me recogió.

El conductor estaba muy nervioso. Ahora sabía que su pasajero llevaba consigo una gran arma, así como un botín recién adquirido, mediante ayuda suya. Él no hiso nada para detener el crimen. ¿Sobre cuál crimen estaba pensando? Su pasajero eligió el local de una reconocida cadena de farmacias, con un seguro millonario contra robos y catástrofes. La cadena no perdió nada. No es que eso justifique que se le pueda robar a alguien, pero en este caso el mayor daño fue el susto que les puso a los jóvenes empleados del establecimiento. ¿Por qué habría robado la farmacia? Se veía como un buen tipo: limpio, decente, coherente, amigable. Tal vez sí le faltaba algo de dinero. A fin de cuentas, estaba desempleado, su esposa estaba enferma y le acababan de robar la casa. No va a arreglar sus problemas asaltando farmacias toda la vida. Tiene que llegar a hacer algo más. ¿Y si llega a hacer cosas peores? ¿Debería denunciarlo? ¿Cómo? No sabe su nombre. Una pelea que termine en un arresto civil es poco factible, es el pasajero el que tiene el arma.

Se dirigieron por donde el pasajero dijo, dando vuelta a la derecha por la Cárdenas hasta la gasolinera de la 29. Ahí recordó que lo había recogido dos cuadras más arriba en una calle estrecha, cercas de una parada de camión. Se detuvo donde habían acordado y dijo el “servido” de cajón. El pasajero se buscó entre los bolsillos del saco, contó unas monedas y le entregó al taxista sus ciento treinta pesos acordados.

Muchas gracias, muy amable –le dijo el pasajero al taxista.

sábado, 16 de julio de 2011

Dormí bien anoche

-Dormí bien anoche.
-¿Otra vez, Alberto?
-Sí... no lo pude evitar. No sé qué hacer al respecto.
-Dios mío, es la segunda vez este mes, tenemos que llevarte con un médico.
-No, no, así está bien.
-¿No? ¿Seguro? Piensa en todas las horas que pudiste haber trabajado si no hubieras dormido. ¿No te sientes culpable al respecto? Deberíamos de ir con el Dr. Morales a que te recete algo.
-No, no, de hecho, me gustó. No creo que lo deba hacer tan seguido, pero se sintió muy bien.
-¿Cómo? Así empiezan. Después agarrarás la costumbre de dormir todas las noches. ¿Qué pasará entonces? ¿Cómo te vas a mantener? ¿No has pensado en eso? Desconsiderado. ¿Qué tal si otros te empiezan a imitar? Imagínate qué podría pasar. No, no, mejor no lo hagas, qué pesadilla. ¿Sabes cómo se le llama a un mal hábito? Vicio, Alberto, vicio. Vamos a luchar juntos y saldremos de esto juntos. No vayas a cerrar los ojos, por favor.

Vivió para encontrarse con la muerte
Sin entender cuál fue su ánima y su suerte
No estaban escritos los pergaminos ni los panfletos
No estaban dictados los sucesos ni los secretos

Murió para encontrar la vida eterna
Sus dedos se unen ya con la tierra y el agua
De sus entrañas florecen los lirios, las orquídeas y las rosas
De sus pensamientos crecen los tallos, las espinas y las hojas

 

miércoles, 13 de julio de 2011

Otro ritual

-¿Ves cómo pesca la gente en este lago?


-¿Por qué es que pesca aquí la gente? ¿Acaso no se dan cuenta que estas aguas están muertas?


-Saben que no sacarán nada de estas aguas negras.


-¿Entonces?


-Alguna vez el lago estuvo vivo, de él se sostenían las familias y ellas cuidaban de él al mismo tiempo. Ahora sólo hay unos pocos sapos y arañas. Siguen viniendo para no estar en sus casas. Es todo un ritual. En tu ciudad los hombres prenden el televisor para no verlo, sólo se quedan ahí pensando en su día. Aquí pasa algo parecido. Los hombres vienen a echar sus penas como carnada en un lago que no les reclama nada. El lago sólo está ahí. Quieto. Muerto. La pesca es el pretexto.

 

jueves, 9 de junio de 2011

El buen café

Enero 2011

No sé si fue el desvelo de la noche anterior o el madrugar de la mañana siguiente, pero al servirme una taza de café para despertar, sin leche y con dos de azúcar, éste me hablaba claramente. Aquel día me levante temprano después de una larga noche de baile y un fugaz sueño. Tuve un rápido baño rejuvenecedor, me pasé el peine antes de que se me secara el cabello y me dispuse a servirme una taza del buen café caliente para comenzar bien el día, aunque en el fondo no quisiera. Preparé la cafetera con mi marca favorita, y mientras esperaba unos minutos a que la cocina se llenara del aroma característico, me preparé un emparedado sencillo: Pan, mostaza, jamón y pan. Hubo llenado el olor del café mis pulmones y entonces me serví. Me senté a la mesa y puse la taza llena junto a la comida servida. Durante unos minutos simplemente me dediqué a ver el líquido oscuro mientras mi boca masticaba el desayuno y mi mente divagaba por océanos de agua turbia, siguiendo extraños y erráticos peces incoloros. La tranquilidad de mi primer comida del día y de mi viaje de consciencia fue interrumpido por una voz masculina, tranquila, rasposa y muy extraña, no de alguien que yo hubiese escuchado antes. Noté que se habían producido unas ondas en la taza, volteé hacia mis lados y hacia atrás sin encontrar alma alguna, para de nuevo fijar la vista en mi bebida. Buenos días –me dijo éste–, ¿Qué no piensas beberme? Me estoy enfriando de más. Sí, me estaba hablando, el café a mí, no yo a él, como si nos hubiéramos conocido durante años. La verdad es que sí, ya lo conocía, al menos de vista, yo llevaba ya años tomando dos o tres tazas por mañana, pero es que nunca antes me había dirigido la palabra, era la primera vez que nos saludábamos. Y no es como si yo no quisiera hablarle, el café siempre me ha agradado, es que simplemente no sabía que podía empezar una conversación con él, no pensé que me fuera a responder. Le contesté que estaba bien, que sólo estaba un poco cansado y que en seguida lo bebería. Lo tomé rápidamente, en parte para que se callara, no porque me hubiese caído mal, sino porque no sentía que yo estuviese listo para entablar una conversación más larga con él, resultaría un tanto incómodo. Antes de que el emparedado también comenzara a hablarme, lo comí rápidamente y me quedé pensando en la posibilidad de que lo que acababa de pasar hubiese sido solamente parte de mis divagues matutinos. Me acerqué a la cafetera y llené un termo con mi recién conocido viejo amigo para llevarlo a mis compromisos de la mañana, más por necesidad que por otra cosa. Salí a la ruidosa calle y caminé dos cuadras hasta llegar a la parada del camión. Me senté en la acera y tomé un sorbo del café. Éste no me habló y me sentí mal al respecto. ¿Y si no le había agradado? Más gente esperaba junto conmigo. Unos fumaban, otros comían y otros leían mientras. ¿Acaso sus cigarrillos, manzanas o libros les habrán hablado alguna vez? Llegó el transporte, subí a éste, pagué mi cuota y me senté junto a una señora ya mayor. Seguí bebiendo mi café y tras unos minutos subió una muchacha de largo cabello negro, con una mochila al hombro, pagó al conductor y se sentó delante de mí. Era muy bonita, llevaba un esmalte rojo que resaltaba en sus manos blancas y finas. Con un gesto de la mano se acomodó el cabello detrás de la oreja derecha. Sacó un libro y comenzó a leer. Era estudiante, al parecer. En realidad disfruto mucho el andar en el camión urbano, cada vez que me subo a uno me enamoro de alguien diferente. La miré despistadamente por un momento hasta que una voz me distrajo. Miré hacia la señora de al lado pero no había sido ella. Pasaron unos segundos y la volví a escuchar. Con gran escepticismo tuve que mirar hacia abajo. De nuevo fue el café, me decía “háblale, dile que hola”. Traté de callarlo tapándolo con la mano pero seguí escuchando el molesto murmullo, ininteligible. Lo destapé y lo acerqué a mi oreja para escuchar mejor lo que decía, lo que extrañó a mi vecina. “Anda, todos los días te pasa lo mismo, ¿nunca harás algo?”. Bajé el café tomándolo con las dos manos y volteé a ver a la señora, quien rápidamente desvió la mirada como asustada. Miré el cabello de la muchacha frente a mí y tomé una gran bocanada de aire. La llamé al hombro, volteó, y con un forzado entusiasmo le dije “hola”. Ella contestó con la misma palabra, pero no de la misma manera. Volvió a enfrascarse en su lectura y después de unos pocos segundos bajó apresuradamente al pararse el camión. Éste volvió a avanzar y alcancé a ver como ella se quedaba a esperar al siguiente camión, probablemente de la misma ruta. Miré con rencor al café y lo maldecí. “No perdiste nada”, me contestó. Mi vecina se reía de mí silenciosamente, me dio mucha pena, tomé el café restante de un jalón, para callarlo al menos hasta el día siguiente, y también yo me bajé del camión en cuanto pude.

lunes, 30 de mayo de 2011

Pluma y no lápiz

(Comencé algoasícomoun diario, lleno de pensamientos revueltos y sucesos del día, a veces. Esto quiere decir que el blog está a punto de tomar la forma de una antología de basura de diario… además de los cuentos y cosas d’esas.)



15-20/Mayo/2011

Todos los días la misma ruta, a la misma hora. Estamos los que nos conocemos de vista, con quienes hemos compartido asiento o hemos esperado juntos. Nos reconocemos, tenemos consciencia el uno del otro, sabemos que existimos, por vernos todos los días sabemos que el orden sigue en pie, que la Tierra gira alrededor del Sol y que el tráfico continúa abultándose en las calles. También hay otros, aquellos pasajeros incidentales, de rostros comunes a los que nos hemos ido habituando a ver toda la vida, pero a quienes nunca en realidad hemos puesto atención, quienes han llegado por motivos atípicos. Hay quienes suben con instrumentos, maletas, carriolas, pero todos traen encima sus pesares, sobre los hombros, en los puños cerrados y firmes, colgando de sus cuellos o brotando de sus ojos. Las ideas se nos revuelven en cada esquina y con cada vuelta de mezcla el remordimiento con el placer, se esconden los principios, se contaminan los sentimientos y se atenúan los precipicios. De ahí salen las (mis) letras, de la confusión, del ocio, del no querer hacer nada mientras eres jalado, del controlar tus propios movimientos y aun así flotar y correr con la corriente. Las letras que me leen son producto de esto, más de la decepción que de la creatividad, más de los pesares revueltos que del ingenio letrado. Ahora sé que debo de usar pluma y no lápiz.




 

 

 

martes, 19 de abril de 2011

Compás y Guerra

Compás y Guerra

"Compás y Guerra al ritmo de la guerra, al compás que marcan las balas; se escucha también “con paz y guerra”, que es justo lo que se vive, paz para los que nos gobiernan y guerra para los gobernados. Este es un espacio abierto, para poder discutir con los que no piensan como nosotros, De lo que se trata es de eso, generar un debate para entendernos y si se puede transformarnos y transformar.

Nuevo interesante colectivo, de lo que pasa en Chihuahua desde la perspectiva de unos jóvenes soñadores. Visítenlo.


http://compasyguerra.blogspot.com/

martes, 12 de abril de 2011

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Vapor de mis pesares

Aquel caluroso día de verano mi madre me despertó apenas al salir el sol. Tocaba desesperadamente a la puerta gritando “¡Ábreme hijo, está saliendo mucho vapor de tu cuarto!” Me levanté con dificultades, caminé pesadamente y todavía muy dormido le abrí la puerta a mi madre. 

–Hijo –me gritó sacudiéndome los hombros– ¿Estás bien? ¿Qué estás haciendo ahí que sale tanto vapor?

–Nada mamá, no sé qué pasa.

Estaba dormido, no hice nada. Tampoco recordaba tener agua en el cuarto, sin embargo estaba todo muy húmedo. La ventana estaba totalmente empañada y el techo goteaba. Una espesa nube de vapor siguió saliendo del cuarto hacia el pasillo por un rato. Abrimos ventanas y no fue hasta que se disipó la nube cuando caímos en cuenta de lo que en realidad estaba pasando. Yo estaba emanando vapor esa mañana. Un aura gaseosa me seguía como si yo estuviera hecho de agua hirviendo. Ese día sí estaba haciendo mucho calor, pero no era para tanto. ¿Qué había pasado con el sudar? Me tomé una aspirina y me volví a ir a la cama a dormir, para ver si se me pasaba. Al despertar, tras una breve siesta, el cuarto estaba de nuevo inundado de vapor. Simplemente no dejaba de evaporarme. Así me estuve unas cuantas semanas, sin ir a atenderme al médico. Lo que estuve haciendo fue cargar una toalla a donde quiera que fuera, para secar donde la humedad pudiera molestar. Estaba perdiendo mucho peso, me veía muy demacrado. Cuando la madera de los muebles en la casa se empezó a pudrir decidí que era tiempo de ir al médico, para que me diagnosticara el padecimiento y me recetara algo que me hiciera sudar de nuevo, en vez de estarme evaporando. Me dirigí al consultorio del Dr. González en el auto, tarea nada fácil, pues los vidrios se empañaban rápidamente. Mi hermano me tuvo que acompañar para limpiar los vidrios con un trapo y que yo así pudiera manejar con un poco de visión. Entramos al edificio llamando la atención de quien estuviera cerca, causando comentarios sensacionalistas. En la sala de espera todos parecían estar incómodos con el vapor, por lo que los pacientes se fueron yendo paulatinamente. Fueron pocos los que no desertaron, así que no tuve que esperar mucho ahí. Me pasaron rápido con el médico.

-Doctor, ¿qué tengo? Así amanecí hace unas semanas y no he parado ni un minuto. No me vaya a deshidratar de tanto evaporarme. Tengo que cargar una toalla a donde quiera que vaya, humedezco cualquier lugar en el que esté y ya nadie quiere estar conmigo. Por favor ayúdeme.

-No, no. No se preocupe, haremos lo posible para arreglar esto juntos. Parece ser que usted tiene un caso muy particular de sublimación crónica, no una evaporación, como llegó a suponer. Es usted un sólido, y a la transformación de fase de la materia de un sólido a vapor se le llama sublimación, no evaporación. Lo que le voy a recomendar son unas cápsulas cuyo ingrediente activo le ayudará a producir una cristalización natural en su cuerpo, así el vapor volverá a ser sólido. Ojo: de gaseoso a sólido es cristalización, no condensación. No tiene más por qué preocuparse. Tómese una de éstas junto con el desayuno y otra con la comida, van a tardar un rato en hacerle efecto. Coma mucho y tome muchos líquidos para compensar lo de su sublimación. Como recomendación también le aconsejo que no ingiera bebidas alcohólicas, pues anularían el efecto de la pastilla, además de que andaría por ahí emanando alcohol gaseoso. ¿Trae su toalla en este momento? Ah, sí, ya veo. ¿Le molestaría limpiar un poco lo que humedeció? Gracias, y lo siento, pero es que tengo que mantener esto bien limpio y cómodo para los demás pacientes. Pase con la secretaria a que le cobre.

Que paso con la secretaria y que me baja un billete grande, pero ni modo, así es la medicina. Y todavía tenía que ir a comprar lo que me recetó a la farmacia. Fui a una similar y me surtí. Durante meses tomé las pastillas sin resultado alguno. Mi familia ya cubría los artículos electrónicos con plásticos herméticamente cerrados y se quejaban de no poder usarlos cuando yo estaba presente. Es toda una desgracia, pensaba. Mi sola presencia le causaba muchas molestias a la gente. Ya no me quería ver nadie pues se cansaban de andar cargando un impermeable. Por otro lado, yo seguía bajando de peso, a pesar de que ahora comía más. Durante un rato busqué información sobre otras personas que tuvieran una enfermedad como la mía, pero no quedaba nadie conocido. Todos ellos habían desaparecido ya, la soledad que les acompañaba había hecho imposible su supervivencia.

Todavía tenía que conseguir trabajo, había dejado de ser mesero en un restaurant pues los clientes se quejaban de la humedad y no dejaban propina. Las pastillas todavía no me hacían efecto y ya no tenía dinero para comprar otra caja. Dejé solicitud en varios lugares sin éxito, pues mi presentación nunca era “buena”, por más pulcro que llegara a las entrevistas. Después de varios nosotrostellamamos, conseguí trabajo en un Spa. ¿Quién lo diría? Ahora es lo único que hago, estarme allí sublimándome para que otros disfruten de mi pesar. La paga es poca, pero es lo mejor que pude conseguir. En la casa ya no me quieren, me sacan de todos lados a donde voy y ya no me invitan a las fiestas. Me estoy todo el tiempo en el trabajo y sólo llego a la casa a dormir. Cada vez tengo que comer más para mantener este ritmo.

Ya no voy a aguantar mucho así. Dejé de tomar las pastillas, ya les perdí el caso. Me veo mucho más delgado. He pensado en pronto dejar de comer y beber definitivamente, pero tengo miedo de morir de hambre en vez de hecho vapor. De una u otra forma desapareceré eventualmente. Con suerte y me precipito sobre un lugar interesante. Con mucha suerte y le ayude a crecer a un bonito árbol, me uno a un río o incluso caiga como copos de nieve. Mejor que estar encerrado en una caja dos metros bajo tierra.

 

jueves, 31 de marzo de 2011

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Tres días de viaje caminando por las rutas más peligrosas de mi país pronto se verán remunerados. Yo no hice la peregrinación correctamente, como debe de hacerse, pero mi marido sí. Él recorrió todo de rodillas mientras yo rezaba el rosario a su lado. Nos dieron mal las indicaciones, pudimos haber llegado antes y así tal vez mi esposo no hubiese acabado con esas rodillas casi estigmáticas. Llegando al pueblo pudimos ver otros peregrinos que se acercaban al templo. Conocimos a una pareja que venía quemada de la cara por seguir el Sol como guía para llegar. Ellos tardaron aún más en llegar hasta aquí, viniendo de un pueblo cercano. Unos sólo venían de paso a admirar la santa reliquia, pero nosotros, como otros, veníamos a quedarnos a esperar el día del milagro. Al entrar al templo, un apuesto joven nos recibió arrojándonos gotas de agua helada. Buenos peregrinos –nos dijo–, a quienes una palabra no bastará para sanarlos y que por eso han venido hasta estas tierras a ver la Santa Reliquia de Nuestro Señor _________ __________, les arrojo estas bendiciones para que su espera sea placentera y aguanten el fuerte calor de la tarde. Muy amable el jovencito, qué bonito es él. Ahí sigue en la entrada mojando a quienes se acerquen. Entrando, me arrodillé junto a mi esposo para acercarnos juntos al altar de la Santa Reliquia. Desde que entramos al pueblo se podía sentir la inmensa tranquilidad que emanaba desde su vitrina. Está protegida por un cristal doble y bendito, sellado al vacío y separada de la gente por cadenas, y aun así puedes sentir sus escalones gris metálico con sólo verla. Por la reliquia, la Santa Escalera al Cielo, han encontrado la salvación el maistro que era dueño de tal, cuatro prostitutas, tres adictos y una pareja de panaderos que descubrió sus cualidades milagrosas una tarde abril que tuvieron que pasar por debajo de ella en uno de sus cálidos juegos de amor. Todos ellos murieron al día siguiente de haberla cruzado por debajo, y se aparecieron en los sueños de sus familiares reafirmando los poderes de salvación de la escalera de trabajo. Es ahora tradición que cada seis años la escalera sea sacada del Santo Lugar para que una afortunada pareja pueda pasar por debajo de ella ofreciendo un pastel en memoria de sus primeros bendecidos. Faltan ya sólo dos meses para que la bajen. Mi esposo y yo tenemos un buen lugar, no muy lejos de la Santa Escalera al Cielo, en la nave derecha del templo, a sólo cuatro filas del altar. Esperemos que esta sea nuestra ocasión. Por mientras mi esposo se unta agua oxigenada en sus rodillos y yo me estoy acabando el rosario mordiéndolo de los nervios.

 

lunes, 7 de marzo de 2011

Segundo Grupo de Creación Literaria

Microalgo

En el calabozo de la ignorancia, la superstición y la avaricia, las guerras se libran entre duendes y enanos sobre caballos de egoísmo.

El blog del grupo:

http://sgclitesm.blogspot.com

xoxo

jueves, 24 de febrero de 2011

De árboles y el futuro

 

En un pueblo donde resplandecían los limoneros los limones daban de comer, beber y vestir. Las familias se dedicaban a cuidar sus árboles. Los sembraban y cada temporada recogían los frutos para hacer negocio y vivir del pequeño cítrico.

“Si la vida te da limones…” era el rezo de sus habitantes, el lema de las tiendas de abarrotes, de las comercializadoras, de las escuelas, de las canciones populares y de las tazas de recuerdo.

“Dios dispone…” y tenemos la seguridad del limón, lo queremos, lo cuidamos y lo vendemos. No nos falta nada, no nos puede faltar nada.Nos asegura la buena vida sin que tengamos que jugar a las cartas, sólo hay que seguir el sendero la autopista de los abuelos para comprarnos ese automóvil deportivo de la revista de noviembre. Hay que seguir el negocio de la familia, de todo el pueblo.

Quiero salir del pueblo en busca de algo menos favorable, donde no crezcan limones, donde no haya negocio familiar que seguir, donde las expectativas se hayan marchitado, donde no pueda seguir haciendo lo que no quiera hacer.

Quiero llegar a un desierto, donde la vida no me de limones, donde Dios no disponga, donde todo me falte, donde no haya indicios de un oasis, pero donde pueda mover las piedras a mi gusto, hacia donde yo quiera, no para proteger limoneros.

Quiero un poco de dulzura, no quiero vivir entre limones, no quiero ser uno.

 

lunes, 14 de febrero de 2011

Feliz cumpleaños

Prólogo

Hace un año subí la primera entrada a este blog, después de un fin de semana que pasé en Delicias. No he querido subir lo que he escrito últimamente, no porque no me guste, sino porque… ni excusa tengo. Igual y ahí va una entrada improvisada. 

Pues es mi blog y subo lo que quiera

I

La gran mayoría de los jóvenes de ahora no intentarían secuestrar un camión de pasajeros, esos tiempos ya pasaron. Los jóvenes de ahora sólo quieren chescos e ir a bailar. Y si acaso quisieran tener la experiencia del asaltante, ¿para qué lo harían?, ¿cómo lo harían? ¿De verdad lo harían? El intenso calor de la tarde rompió con el sentimiento invernal que dejó la pálida mañana, e hizo que los boleros tuvieran que quitarse las chamarras y luego las colgaran de los árboles. Dejó de ser hora de comprar elotes para ser de carritos neveros. Sentados en la banca de una plaza dos amigos conversan.

–Andale, sabes que es hoy o nunca –le dice Omar a Roberto–. Sólo necesitamos recoger unos fileros y ya. Si agarramos el camión por la salida sur nadie nos va a agarrar, todos los retenes están al norte.

– ¿Y si nos agarran?

–No nos agarran. Además, llevamos tiempo queriendo hacer esto, no nos vamos a echar para atrás.

– ¿Y todo lo demás ya lo tienes? Si no, no tiene caso.

–Ya, las subí al mueble de mi jefa, en sus estuches y todo. Apenas si cupieron.

– ¿Y si le bajo la fusca a mi jefe? No está cargada pero con el güero conseguimos los cartuchos.

–Pues va. Así si no saben leer les damos un curso intensivo. Forzado.

Así los chamacos tomaron prestada un arma de fuego, subieron al auto, llegaron con el güero, le compraron un cartucho, cargaron el arma ahí mismo y emprendieron para la salida al sur. Se estacionaron a la orilla de un parque, bajaron con su material en las mochilas colgadas a la espalda y caminaron a la parada de un camión de carretera. Le pidieron parada, subieron con pistola en mano y dieron bendito anuncio a los pasajeros y chofer. Los obligaron a aprender a tocar instrumentos para formar una banda de Ska, grabaron un EP y un álbum+documental que los llevó a andar de gira un par de meses por toda la república, hasta que la efectiva Policía Federal los detuvo bajo cargos de causar demasiada alegría y patinetos. Fin.

lunes, 10 de enero de 2011

La ciudad de las eternas sirenas

Es la ciudad de las eternas sirenas. La gente va en sus autos, pita, avanzan lento. Los dientes rechinan y las uñas se entierran. Suenan las campanas y los niños van a la escuela. Tú, Luisa. Tú, Marco. Haces de tu día tu día. Oras al salir de tu casa. Realizas tus tareas en la legalidad. Te portas bien. Eres un buen hombre. Eres una buena mujer. La ciudad –perdida- te despoja, te ultraja, te maltrata, te silencia, te invalida.  Suenan las cuernos. Tú, Enrique. Tú, Marcela. Eres asesinado. Ya no estás viva. Un tiro deliberado, una bala perdida, chivo expiatorio, error, diversión, prepotencia. La sangre calienta tu ascensión. A Kaláshnikov qué le importa. Él no tiró el gatillo. Fueron los federales, los sicarios, el crimen organizado, los narcopolicías, el ejército, un caco, la sociedad. Es la ciudad de las eternas sirenas. Éstas anuncian la muerte, el peligro, el miedo. Los rostros de los niños se pintan de azul y rojo. Las autoridades se limitan a limpiar. Levantar casquillos, levantar muertos, levantar a Luisa, levantar a Marco, levantar a Enrique, levantar a Marcela. El crimen organizado es una persona (a)moral. No se le busca, no se le culpa. En la ciudad de las eternas sirenas todos naufragarán. Huir de las sirenas. Confiar en las sirenas. Da la misma.

 

viernes, 24 de diciembre de 2010

Después

Después, después, después

Apatía que me envuelve

Que me sofoca la fe

Que me zambulle en formol.


Después, después

Prudencia que me detiene

Que me amputa las piernas

Que me entierra con la razón.


Después

Armonía colindante

Con el abismo de los sueños

Que no me atrevo a romper.


Ahora

Nunca hubo un pretexto

(Nunca habrá uno de esos)

No necesito al futuro

No necesito fantasías

No necesito esperanzas

No quiero el presente

No quiero tus alegrías

Tuve mi oportunidad

El pasado está muerto.

sábado, 18 de diciembre de 2010

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Tengo:

1.- La gracia de una piedra.

2.- El autoestima de un perro con lepra.

3.- Frío.

domingo, 12 de diciembre de 2010

Deposadas

Viene bailando a las posadas

el nuevo profeta de las fiestas 

vive en una botella de tequila

y se fuma sin filtro las chaladas.


Llega con tamales en las manos

despistando los estigmas

lleva un sombrero a la cabeza

ocultando las espinas.


Comer, tomar, fumar, bailar.

La tanda de las posadas.

sábado, 11 de diciembre de 2010

Chan Chan

-¿Sientes como que estás de más?



"El cariño que te tengo  
Yo no lo puedo negar
Se me sale la babita
Yo no lo puedo evitar."

-Compay Segundo.

viernes, 10 de diciembre de 2010

Declaración Universal de los Derechos Humanos

Feliz día conmemorativo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos*. Es un excelente día para recordar que estos son sólo para la población privilegiada del primer mundo (pues fueron redactados por y para ellos), y quienes no intentar romper con el sistema de represión actual.

Libertad a Julian Assange y protección a sus colaboradores, quienes se atrevieron a divulgar la verdad.





*Aplican restricciones.

domingo, 5 de diciembre de 2010

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Remuevo la tierra buscando tesoros, siempre sin éxito. Sólo encuentro piedras y raíces muertas que se molestan al ser tocadas por el sol y me gritan por haberlas descubierto. Sigo caminando, deshaciendo montoncitos de polvo, formados aquí y allá, con una pobre rama. No hay brillo en ningún lugar, todo es pálido y el horizonte no es prometedor. Todo está muy caliente y duele tanto moverse como quedarse quieto. A veces el suelo está simplemente muy cansado y no quiere ser molestado. Entonces hay que dejar de picarle e irse a otro lugar.



miércoles, 1 de diciembre de 2010

Antología poética de un pretensioso

Estas ansias que me provocas no me sueltan,
me fragmentan la consciencia y castigan mis ideas,
me consumen desde dentro y me sumen en silencio,
me corrompen el deseo y me atan al delirio.

Mis pensamientos corren encontrados,
por ti pelean en la arena primaveral,
con guirnaldas te corona mi deseo
y en rosas te recuesta mi querer.




sábado, 27 de noviembre de 2010

Corajes

“Joven, usted no sabe lo que quiere. Cambia de parecer cada mañana, está muy confundido. Quiere del rojo y luego del azul. Camina desviando la mirada y anda buscando gente en el suelo. Tiene la autoestima de un perro callejero y padece de dismorfofobia. No le cae bien nadie y no se preocupa por nadie. Tiene usted un severo problema de egoísmo…”


Estoy flotando sobre un diván desde hace cerca de una hora. Ya no recuerdo siquiera si alguna vez estuve sentado en él. No estoy en una recámara ni en una sala de estar, tampoco veo señales de faroles o edificios cercanos. Puedo ver un lago si volteo a la derecha y una blanca montaña sin cima a la izquierda. No sé dónde estoy y ya perdí el interés por averiguarlo. No hay ruido alguno y ni lo quiero, el silencio es cómodo. El aire es frío y no estoy lo suficientemente cubierto, sin embargo me siento abrigado. Fijo la mirada en el cielo sin fondo, está más alegre que de costumbre. Las estrellas bailan para mí, sin música parpadean en las alturas y reinventan sus formaciones, cuentan nuevas historias de amor y de aventura. Destazan paradigmas y crean teorías a cada movimiento, dejando estelas de colores con figuras fantásticas. Es un espectáculo único, quisiera poder ayudarte a llegar aquí, tomarte de la mano y flotar juntos un rato, que vieras lo que yo veo y disfrutes de lo que yo disfruto. Pero sé que esto es sólo para mí, que si te trajera no entenderías nada y verías sólo un cielo estático de ciudad, nublado de preocupaciones y pendientes. Me tengo que hacer a la idea de que esto es incompartible, no porque yo así lo desee, sino porque nadie querría venir hasta este lugar inhóspito sólo a ver las estrellas cumplir mis caprichos astronómicos y pasar un rato frío a la intemperie. Escucho un ruido, el primero en más de una hora. Los arboles me piden amablemente que cierre los ojos con los roces de las hojas y los crujidos de las ramas. Hago caso y comienzo a deleitarme con la sinfonía que robles, cedros y arces tocan para mí. Un suave preludio y un generoso vals. Tras varios minutos abro los ojos. Las estrellas, que bailaban por parejas, se detienen y la música se acaba.


“…además se siente usted bajado del Olimpo. Piensa que hablar con sus compañeros es rebajarse intelectualmente y no le gusta convivir con nadie. Es usted un patán, ni siquiera me está poniendo atención y anda como volando sin rumbo con la mirada perdida y la boca abierta...”


lunes, 22 de noviembre de 2010

El analfabeta político

"El peor analfabeto es el analfabeto político

No oye, no habla, no participa de los acontecimientos políticos.

No sabe que el costo de la vida, el precio del poroto, del pan, de la harina, del vestido, del zapato y de los remedios, dependen de decisiones políticas.

El analfabeto político es tan burro que se enorgullece y ensancha el pecho diciendo que odia la política.

No sabe que de su ignorancia política nace la prostituta, el menor abandonado, y el peor de todos los bandidos que es el político corrupto, mequetrefe y lacayo de las empresas nacionales y multinacionales."



-Bertolt Brecht.


Leer. Ver. Escuchar. Entender. Razonar. Sintetizar. Expresar. Actuar.

Sí se puede.

sábado, 20 de noviembre de 2010

Dos palabras tuyas y...

Eres un laberinto insuperable en el cual Teseo pierde la cordura. Como catrina sin Posada te paseas en los placeres de lujuria sin consciencia ni temor. Cual cordero sin pastor huyes de mi vista y te postras en el andén más doloroso de mis sentires platónicos. Sigue sin entenderlo, sigue sin preocuparte, sigue sin darte cuenta, sólo sigue caminando. Y es que no  es tu culpa el seguir sin voltear a verme, es la mía que te limpié el camino de asperezas y desmanes.

lunes, 15 de noviembre de 2010

!!!

...y para cumplir con mis clases, tareas y demás compromisos de la semana, Zeus, lánzame un rayo y párteme en dos, por favor.

martes, 2 de noviembre de 2010

Calavera


Estaba La Corrupción allá en su casa,

sentada en un diván sin penas ni nada,

trabajó todo el día la pobre exhausta,

rendida está y se soba bien la panza.

 

Le toca La Muerte feliz a la puerta,

llama su nombre con la voz de aguardiente,

La Corrupción abre y  sin más pendiente

abraza con tragos a su amiga la muerta.

 

“Queridísima amiga de presencia imponente,”

le canta La Muerte a la anfitriona sonriente,

“que nunca te acabes o te vayas de aquí,

porque me aburro sin chamba sino es por ti”.

 

La Corrupción y La Muerte se echan ya cuatro pistos,

uno por las victorias contra los hombres justos,

otro por los inocentes que se echaron juntos,

y el tercero por el siguiente, que viene brusco.

domingo, 31 de octubre de 2010

Nico

Nico tiene una inquietud. Nico quiere que la gente lo quiera, que la gente lo vea, que la gente lo procure. Nico quiere tener amigos, tener un amor correspondido, tener compañía. Tal vez Nico sí tenga más de una inquietud. Nico está enamorado. Pero Nico tiene un problema, dos problemas, quizá tres. Nico tiene una barrera a su alrededor. Nico es tímido y callado. Nico pone trabas a la comunicación, es prejuicioso, es antisocial. Nico no es interesante ni apuesto. Nico nunca logrará sus objetivos, es un cobarde. Nico culpa a la circunstancias. Nico inventa excusas y obstáculos que nunca hubo. Nico es un mal existencialista. Nico se golpea la frente contra la mesa. Nico habla en tercera persona.

miércoles, 13 de octubre de 2010

Robar está mal

Para refch



(Se está metiendo el sol y una multitud de proletarios exhaustos espera su transporte en la parada del camión. Llega éste, se detiene en su lugar, abre sus puertas, y los trabajadores suben con un lento orden propio del cansancio. El camión urbano cierra sus puertas y arranca avanzando unas cuantas calles, donde se detiene en otra parada de camión. Ahora sólo sube una persona: un pirata, con sombrero y dientes de oro. Le pide un chance al conductor para referirse a los pasajeros, quien amablemente se lo concede.)

 

UN PIRATA: (Con pata de palo, parche en el ojo y cara de malo) ¡Buenas tardes, gente de la ciudad! ¡Soy un pirata, verdadero y de carne y hueso! Durante años he habitado esta ciudad, seca y sin puertos, en búsqueda de un estilo de vida diferente al de mis compañeros. He estado leyendo un poco, y me he dado cuenta que el vivir a base de robar a los demás y asaltar otras embarcaciones está mal visto por la gran mayoría de los filósofos, tanto clásicos como contemporáneos, y que a nadie le gusta que le estén quitando sus gallinas y verduras cada quincena. Sin embargo, también me he dado cuenta de que estas prácticas siguen vigentes en todas las sociedades. Gente deshonesta esculca bolsillos en busca de indefensas carteras; comercios y patrones abusan de empleados, tomándoles el pelo y dándoles una miseria por un arduo trabajo físico; y lo más increíble de todo, los dirigentes, democráticamente electos, hurtan grandes motines que el pueblo ha acumulado, con el pretexto de usarlo para fines de desarrollo social, pero usándolo para limpiarse las botas de charol con sangre de unicornio. Yo creía que estas prácticas eran exclusivas de mis mares, donde no hay policía alguna que detenga a los piratas de atacar y robar a los demás, pero ahora veo que, como en tiempos de la colonia, el saqueo se ha institucionalizado, legalizado y justificado. Y además, la policía, que aquí sí hay, y no sólo una, sino dos y tres, lo único que hace es facilitar el abuso y cobrar su parte del motín ¡Por eso yo, una persona honesta, reformada, que solía tomar de lo ajeno, los llamo a ustedes a luchar por una vida segura y digna, a derrocar a esos tiranos que apoyan a embarcaciones malvadas, que toman su dinero y se lo gastan en giorgoarmanis, que prohíben la venta de ron a las tempranas diez de la noche, que alzan la bandera del terror en sus haciendas y palacios jactándose de su nivel social sin siquiera voltear a ver al pueblo, a la chusma, a los pobres, a los desamparados, a los desgraciados, a los revoltosos o a los piratas, quienes los mantenemos, para quienes trabajan y a quienes pisotean y maltratan sin pudor! ¡Muera el mal gobierno, mueran los ladrones, viva la justicia social y viva la lucha popular!

 

(Los proletarios se levantan de sus asientos aplaudiendo, chiflando y gritando eufóricos: ¡Muera el mal gobierno! ¡Muera!, mientras el pirata le da las gracias al conductor y baja por la popa del camión. Luego todos vuelven a sus asientos a continuar con su rutina diaria. La escena se repite en escuelas, plazas, calles y restaurantes. Todos se levantan a aplaudir y gritar, pero vuelven a sus lugares originales, atrapados por la inercia propia de los lugareños.)



domingo, 19 de septiembre de 2010

Y tú

-...y tú, Raúl, eres de esas personas con las que podría no intercambiar una palabra sin que me importe, de esa clase de persona con la que me puedo subir a un elevador sin tener que decir absolutamente nada, ni siquiera un hola, y aún así no sentirme incómodo. Podrías pasar desapercibido horas a mi lado, y aunque note tu presencia, mañana no te recordaría. Fuiste un buen alumno.


-Mmm...

jueves, 9 de septiembre de 2010

Tic tic


Dijo El Tango:

Levántate ¿cuántos hoy? al agua y luego salgo d0stres cafesitos una pastilla un juguito otra pastilla y un panecito correr correr pásame uno con rompope y otra pastilla sumas y restas burocracia autocracia craciacracia hoynovoyatrabajar take the 'a' pill qué es oferta y demanda de una visita al mingitorio cómete ésta en el caribe reloaded surfeo cuatro días a la semana sin contar feriados y rifados uno cappucchino natural con azúcar y extrafuerte bueno dos cut cut cut cut re la mi do 3D the digital word piano piano.

Y que despierta con una naranja en el bolsillo.


lunes, 6 de septiembre de 2010

Sh...

*Manifiesto pesimista*


Que se callen los grillos, que se vayan los grillos, 

aquellos que denotan el silencio que golpea mis tímpanos,

aquellos que se burlan de la soledad que envuelve mi noche,

y que aturden las ideas que carcomen mis almohadas.


Callen a los grillos, os los ruego yo,

no quiero tiernos arrullos que se lleven mi consciencia,

llévense a esos nocturnos trovadores que irrumpen mi armonía,

sáquenlos del patio que es mío y donde están de más.


Que se apaguen las estrellas, que se vayan las estrellas.

Aquellas que dominan la débil y perdida mirada mía,

aquellas que fugaces van inculcándome deseos y más quereres,

y que encandilan los temores que inundan mis sentidos.


Apaguen las estrellas, os los ruego yo,

no quiero falsas ilusiones que iluminen mi sendero,

remuevan los destellos de esperanza que no entienden la razón,

sáquenlas del cielo que es mío y de nadie más.


jueves, 5 de agosto de 2010

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Cuatro locas y una muerta


Rfpl: 26/07/2010 ­ 4:00 am – 27/07/2010 4:20 am


El otoño estaba ya por llegar y, en medida que se acercaba, el calor seco del verano se despedía de nosotros lentamente. Antes del incidente, mis hermanas y yo nos manteníamos ocupadas todo el día con las labores del hogar, algunas de las cuales mi tía Alberta se inventaba con el único propósito de mantenernos entretenidas. Además de las habituales tareas necesarias para que cinco personas vivan con pulcritud en una casa modesta, una vez por semana desempolvábamos el techo y reacomodábamos las toallas por color, tamaño o material, dependiendo de la órden; después de haber usado la lavadora teníamos que limpiarla por dentro con agua, jabón y cloro; mi tía incluso nos hacía planchar nuestra ropa interior. Creo haber sido la única que se daba cuenta de lo insulso de estos mandatos, pero de igual manera lo hacía, e incluso alentaba a mis hermanas a hacerlos, pues pensaba que ésto era lo único que nos mantenía relativamente en nuestros carriles. Cada una de nosotras padecía de problemas psiquiátricos e inestabilidad emocional que requerían cuidadosos tratamientos. En su lecho de muerte, agonizando y despidiéndose de sus seres queridos, nuestra madre nos encargó a la tía Alberta, y ésta no tuvo más remedio que aceptar la incómoda tarea que fuera el cuidar de cuatro locas, que no maduran a pesar de los años encima. Yo era la menor y tenía apenas siete años al momento de mudarnos con nuestra tía Alberta, mientras que la mayor de las hermanas, Amelia, tenía ya veinte. Es ella, sin poner en duda a los médicos, la más inestable de las cuatro, pues ha ido empeorando a través de los años. Los síntomas de su desorden no se vieron sino hasta que comenzó la preparatoria, antes incluso solía tener amigos. Empezó a tener frecuentes y violentos ataques de ansias que no la dejaban tener días normales. No fue sino hasta que arañó a su profesor de Ética cuando nuestra madre decidió sacarla de la preparatoria para recluirla en la casa. Desde ese momento y hasta antes del incidente, Amelia se mantuvo al borde de la explosión mental con medicamentos y entretenimientos, sin arreglarse alguna vez y usando camisones que cubrían la blanca piel que por años no tocó la luz del sol. Después de ella, mis hermanas tuvieron casos similares. Adela, cinco años menor que Amelia, tuvo problemas idénticos en la preparatoria, por lo que mi madre decidió aplicar las mismas medidas preventivas sobre ella, antes de que atacara a alguien. Tuvo un novio, que la siguió visitando por un par de años después de que abandonó la escuela, pero desistió al perder la esperanza de un remedio definitivo. Ella sigue obsesionada, a pesar de que no ha sabido nada de él en varios años. Adriana, tres años menor que Adela, no esperó a la preparatoria y en su último año de secundaria, tras una consulta tormentosa, según contaba ella, rompió las ventanas de la oficina del psicólogo con un martillo robado de la intendencia escolar. Yo, Andrea, tengo diecisiéte años de edad, eso es cinco años menor que Adriana, ocho menor que Adela y trece menor que Amelia. No he tenido crisis como las de mis hermanas todavía, pero padezco de las mismas medidas preventivas desde que los primeros indicios de los síntomas se comenzaron a dar, pues dicen los doctores que es mejor tratarlos de ese modo. Las condiciones entre las que he vivido también me han llevado a tomar antidepresivos regularmente, cubriendo así temores y demonios con farmacéuticos.

Antes del incidente, mis hermanas y yo estábamos a un paso de desbordarnos, las tareas de todos los días canalizaban nuestras energías y nos manteían concentradas, pero la misma invariabilidad de esta vida habría terminado con resultados desastrosos. No sé entonces si el incidente fue nuestra tragedia, una bendición o simplemente un paliativo. Todas las noches, como en una famlia normal, nos reuníamos en el comedor a cenar en supuesta paz. La tía Alberta disfrutaba de una buena cena elaborada, y al tener las demás tareas del hogar resueltas por nosotras, ella misma cocinaba para esa hora con gran entusiasmo y dedicación. Amelia y Adela tenían prohibido usar cubiertos que no fueran cucharas, por lo que la mayor parte del tiempo usaban las manos para comer. Adriana siempre era la última en terminar con su plato, pues antes de comenzar separaba la comida por colores y masticaba cada bocado almenos cuarenta y dos veces. Yo me limitaba a comer poco, ordenadamente, sin muchas extravagancias y siempre halagando la alta cocina de mi tía. Tras una de esas cenas, en la que Adela deshizo una sandía al permitirse usar un cuchillo, la tía Alberta nos dio un beso en la frente a cada una y se fue a dormir temprano, subiéndo las escaleras batallosamente. Mis hermanas y yo entonces arreglamos la cocina y limpiamos la sandía de la pared para que nuestra tía pudiera cocinar cómodamente al día siguiente, luego seguimos sus pasos y caímos en nuestras camas tras el sueño acumulado. En la mañana, la tía Alberta no nos despertó como acostumbraba. Dormimos hasta más tarde y retrasamos las tareas de la casa por unas horas. Tras barrer y trapear todos los pisos, Adriana tocó la puerta de la recámara principal, sin obtener respuesta alguna. Adela gritó su nombre y tocó una campana a la puerta, también sin provocar reacción. Me decidí a entrar en la recámara, aunque ésto nos estuviera prohibido, y al abrir la blanca puerta de madera, vi a mi tía todavía acostada en la cama, sumergida en un sueño profundo, con una expresión plácida y despreocupada. Amelia y yo tratamos de despertarla sin éxito, moviéndola de lado en lado y llamándole: “¡tía Alberta, tía Alberta!”. Estaba fría, pesada, tiesa y pálida, no parecía que fuera a despertar. “Murió –pensé– se fue y nos dejó”. Estaba muerta, le había llegado la hora, abandonó esta casa y sus responsabilidades por un descanso eterno y bien merecido. Ahí estábamos las cuatro hermanas, rodeando la cama que sostenía el cuerpo de nuestra difunta tía. Admirábamos la tranquilidad de su rostro, que muy en el fondo escondía la pena de habernos abandonado sin previo aviso. Falleció junto con las primeras bajas otoñales, las hojas frágiles y secas, en las cuales no quedaba ni un poco de vida. No nos dejó un manual con instrucciones que nos dijera qué hacer en caso de que ella muriese. No teníamos ni idea de qué debíamos hacer. Si avisábamos a las autoridades, éstas vendrían por ella y tendría un funeral más o menos digno, pero inmediatamente después se nos transferiría a un instituto mental. Definitivamente no era un futuro agradable el que nos deparaba si avisábamos. Fue por eso que decidimos callar y continuar con nuestras vidas como de costumbre. A nuestra tía la hemos dejado ahí acostada. Adela se encargó de maquillarla y acomodarla como se hace con los muertos, e instalamos un velorio permanente, con velas aromatizantes e incienso de coco. Durante el día las tareas han continuado como de costumbre, pero empezamos a dejar de acatar las antiguas órdenes sin sentido, lo que nos ha dejado un poco más de tiempo libre. Entre las cuatro procuramos preparar una cena, la cual mi tía pudiera considerar decente, y en la noche subimos a su cuarto para comer las cuatro alrededor de ella. Ahora ayudo a mis hermanas a vestirse y arreglarse bien, con ropas que habían quedado olvidadas y peinados que habían abandonado nuestras vidas por un tiempo, con el fin de estar presentables en la cena del velorio diario. Para este entonces, a Amelia y Adela ya les he permitido usar los demás cubiertos, sin que hayan todavía causado gran desorden, comen muy respetuosamente al tratarse de acompañar a la tía Alberta. Estos cambios animaban a mis hermanas y les hacían soltar sonrisas cada vez más frecuentemente. Hemos llegado al momento en que desde temprano comenzamos a pensar sobre el qué nos pondremos en la noche, y esperamos la cena con alegría durante el día.

Quién sabe exactamente cuándo fue que mi tía empezó a oler, pero junto con su nuevo aroma comenzó a crecer una preocupación en mí. ¿Cuánto tiempo podría pasar antes que los vecinos se den cuenta de la ausencia de mi tía? ¿Cuánto tiempo podría pasar hasta que los vecinos noten la putrefacción que emana de la casa? Por lo pronto ya salí al jardín frontal, el olor a muerto se escabulle hasta la calle y no es fácil de disimular. Ya he visto que algunos vecinos se asoman a nuestra casa y la observan muy meticulosamente, meneando la nariz, quizás en búsqueda de algo que se les perdió o quizás en búsqueda de pistas sobre el paradero de mi tía. Creo que mis hermanas no tienen este mismo sentimiento paranóico que yo, ellas apenas parecen darse cuenta de la gente que viene a preguntar por mi tía, con pasteles en la mano que recibo en su nombre. Por cierto, sin siquiera preguntarse de dónde salen esos pasteles, pues nadie había salido a comprar alimentos desde antes del incidente, mis hermanas los comen deleitadas mientras cantan alegres melodías que andan rondando las estaciones de radio. Ellas son felices despreocupadas, yo trato de seguirles el paso en ese sentido.

Ahora estamos mis hermanas y yo en la sala de la casa, después de haber cenado Lasagna con la tía Alberta, escuchando el primer preludio de una ópera alemana. Acabamos de fundar la futura tradición de tocar en el fonógrafo los acetatos de mi tía, todos los jueves por la noche, después de cenar. Adriana encontró esas joyas musicales en el armario de la recámara principal. Con esa música se siente un éxtasis en todas nosotras, las notas del preludio nos transportan a lugares diferentes, sin salir de la oscura sala. Fumo sentada en un viejo diván, sin embargo, cuando cierro los ojos, estoy a miles de kilómetros de distancia de donde cualquiera de mis hermanas esté. Emprendo un vuelo sin siquiera levantarme, me sostienen las finas cuerdas vibrantes de incontables violines. Rozo las puntas de montes nevados al mismo tiempo que me hundo más en la comodidad del hogar. De vez en cuando despego los párpados para supervisar a mis hermanas, que bailan suavemente esquivando los muebles de la sala. Somos felices. No quisiera que nadie nos quitara ésto, ni un vecino, ni la policía, ni el mismísimo Señor. Estoy segura que nadie en esta casa había sido tan feliz como nosotras en este momento. No querría hacerles saber que es cuestión de tiempo para que terminemos en una clínica.

sábado, 17 de julio de 2010

Del cielo que cayó en tu hacienda

"...cuanto más absurda es la vida, más soportable es la muerte." Jean-Paul Sartre


La rebelión de los hombres que andan descalzos,

el acto amoroso de los luchadores con martillos,
la revolución de los jóvenes de lengua entumida
y las palabras inconclusas de los tartamudos voladores...


...sólo serán transmitidas por las letras invisibles,
las películas mudas en Clave Morse,
la Amplitud Modulada a las tres de la mañana
y la sangre fresca de los editores clandestinos.



Que vivan las garantías individuales

(¡vivan!)



domingo, 11 de julio de 2010

Find me somebody to love (8)

Find me, find me, find me...


No llevo mucho tiempo siguiéndola, apenas unos cinco minutos. Es ese también el tiempo que llevo conociéndola, pero ya no quiero dejar de verla. Yo paseaba por la calle cual vil sabueso vagabundo cuando la vi pasar; en ese momento supe que ella era la indicada, que no tendría que buscar más. Dudé un poco al pensar sobre lo que tenía que hacer enseguida; presentarme creativamente, llamar su atención con alguna monada o averiguar su vivienda y por casualidad encontrarme con ella cuando fuera a dar un paseo. Todas las alternativas anteriores parecían buenas ideas, pero mientras averiguaba cómo podría llevarlas a cabo simplemente seguí sus pasos con discreción. Miro su falda roja adornada con palomas blancas balancearse de lado a lado, que impone un baile a mis atentos ojos clavados en la divina actitud que emana su movimiento. Mientras, imagino un futuro no muy distante, en el que me veo con la cabeza recostada sobre el lecho de esa falda, y las tersas manos y uñas rojas de tan hermosa criatura me acarician los cabellos. Voltea hacia un lado suyo, parece confundida, talvez creyó haber escuchado algo, y me fijo en su fino perfil, su rostro perfecto que desearía me sonriera cuando me viera llegar a su lado. Tengo que hacer algo al respecto, ¿de que manera podré conquistarla? Tengo que actuar ahora, si no, quizás me arrepiente el resto de mi vida, ¿Tal vez ladrar servirá?

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